martes, 10 de agosto de 2010

Una de anécdotas - El Bautizo

Saludos, planeta Tierra. 

Siento no aparecer mucho por estos lares, pero entre que últimamente no me ocurren muchas cosas (y las que ocurren son para llorar), Diosa está ocupada en su nuevo puesto de Poder y Dominación Mundial y aún no ha empezado la Liga, pues poco hay que decir. Por eso, y porque me da mucha penica dejar el blog tan vacío, se me ha ocurrido tirar de anécdotas familiares. Algo parecido a un episodio recopilatorio de una serie de televisión.

En este caso, hablaremos de uno de los acontecimientos que más ha dividido a esta la familia De Arena. 

No, no hablamos de un Barça-Madrid. Hemos ido a terapia y ya no nos matamos entre nosotros dos veces al año. Sólo nos sacamos los ojos, pero con cariño.

Hablamos del bautizo de mi primo.

Corría el año 1996. El Atleti ganaba el Doblete, Inglaterra nos apeaba en cuartos de la Eurocopa y en Atlanta se celebraban los Juegos Olímpicos con la mascota más fea de la Historia (más que Cobi, y ya es decir). Por esas fechas, la familia De Arena se había ampliado con la llegada al mundo del Anticristo de un niño precioso y adorable al que llamaremos Cachorrillo. Cachorrillo crecería para convertirse en un adolescente flaco y larguirucho apasionado de la música reggae, los videojuegos y el Atleti (va a ser cierto que nacer en según que fechas marca tu futuro), pero eso sería años más tarde de los hechos que nos ocupan ahora. Por entonces, Cachorrillo sólo tenía dos preocupaciones existenciales en su vida: comer y expulsar lo que se había comido. Eran tiempos sencillos, eran tiempos mejores.

Y ahí radicaba el problema: por causas que, afortunadamente, se solucionaron con el tiempo, Cachorrillo tenía la manía de expulsar parte del alimento ya digerido por arriba en vez de por abajo. Lo que comúnmente se conoce como "buche". Y era, como poco, asqueroso. Por si están comiendo no les mostraré la imagen gráfica de lo que solía ocurrir cada vez que se agitaba un poco al crío, pero tengan esto en cuenta: un hipido de este niño -que solía preceder unos segundos a la descarga- es lo más parecido a las sirenas del Blitz que mi familia haya experimentado en su vida.

Los De Arena de 60 años para abajo somos más rojos que la sangre y más de izquierdas que el corazón, lo que nos convierte -a nosotros, por lo menos- en lo más ateo que haya parido una madre. Pero siempre tiene que haber una oveja de distinto color en cada familia, y en este caso las dos únicas personas altamente religiosas que en ella habitan son las dos con más poder sobre el resto: mi abuela y la abuela de Cachorrillo. La sola sugerencia de dejar al niño sin bautizar para que eligiera su religión cuando fuese más consciente de lo que le rodea quedó en un "..." tras una mirada C-C-Combo Breaker de las dos yayas. Y hubo bautizo. Y la que se lió.

Llegada a la iglesia. Mi abuelo pronuncia sus últimas palabras al respecto de la celebración: "aquí les espero". Mi abuelo no entraba a una iglesia desde su boda, y si lo hizo ese día fue porque los papeles para casarse por poderes no llegaron a tiempo. Decía que hacía tanto tiempo que no pasaba por una que, si por algún motivo faltaba algo en la sacristía, le iban a echar la culpa a él por desconocido. Y ya podían mi madre y mi abuela echarle una mirada C-C-Combo Breaker que a él no le hacía ni cosquillas. Por si no queda claro lo digo: era mi ídolo, el jodío.

Allí ya estaba el resto de la familia: mi tío, padre de Cachorrillo, su señora y los padres de esta. La señora abuela de Cachorrillo es una buena mujer, a pesar de llevar preguntándome año tras año desde que tenía doce si ya tenía comprado el ajuar para cuando me casara, que ella a mi edad ya tenía todo hecho y que se me iba a pasar el arroz. A estas alturas ya no pregunta: mira con lástima. Sigh. En fin, que la dama tenía en brazos a su nieto y, embargada por la emoción, había olvidado por completo que tenía en sus manos un rifle AK-47 de repetición: 500 vómitos/segundo y recarga automática de biberón. Lo agitó un poco por encima de su cabeza y...

...dejo que ustedes se lo imaginen. En esos momentos la que escribe estaba documentando el evento con la cámara y si pudieran visualizar el vídeo comprobarían que, justo en ese instante, el objetivo pasa a enfocar mis zapatos y, a continuación, el cielo. Estaba efectuando el movimiento me-troncho-y-luego-me-caigo-al-suelo. Por desgracia, Madre Loba no aprobaba el ejercicio gimnástico que había realizado y me despojó de la cámara y de parte de la epidermis de mi nuca. No todo el mundo aprecia el Arte de la Risa. Mi padre pasó a ser el nuevo Señor Spielbergo de la familia y, tras limpiar como se pudo a la pobre yaya (que ya ni respiraba), entramos en la iglesia.

Ese día se bautizaban seis niños, siendo Cachorrillo el primero. El señor cura debía tener otras cosas importantes que hacer como rascarse los huevos porque la ceremonia se retrasó cerca de una hora. Una hora con una iglesia plagada de críos llorones, con un calor veraniego infernal y con el olor a vómito que aún emanaba de la abuela -ya más muerta que viva- impregnando el aire. El ambiente, por decirlo de alguna forma, era espeso. Para callar al pobre Cachorrillo que no hacía más que llorar, la madre que lo parió le dio un biberón. Craso error que lamentaría más tarde.

Llega el cura. Hora y media de misa. La gente que se sentaba junto a la abuela se empezaba a tambalear a causa de los agentes químicos que surgían de su ropa/cara/peinado de peluquería que le había costado un cataplín. Mi madre aguantaba estoica, heroica, hierática. Una profesional del protocolo. Chúpate esa, Letizia. Mi abuela inició su larga lucha contra el dolor de cuello tras un par de cabezadas bestiales que le llevaron a tocarse el pecho con la barbilla. Mi padre, con la excusa de que era el micrófono de la cámara, se había puesto el pinganillo de la radio y escuchaba la jornada deportiva. Un crack. Mi abuelo, supongo, fumaba su cigarrito apoyado en el coche y pensaba en la comilona que vendría después. Mi tío y su mujer resoplaban mientras Cachorrillo dormitaba en sus brazos, ajeno a todo lo que le rodeaba. Ni él se imaginaba que, en pocos minutos, iba a liarla parda.

Pardísima.

Llega el momento del agua en la coronilla. Los padres de Cachorrillo se adelantan, orgullosos de su prole. Será un arma química productora de agentes corrosivos de seis kilos de peso y enormes ojos oscuros, pero qué cuernos... lo queremos igual. Se colocan al lado de la pila bautismal. El cura echa el responso final y pregunta el nombre del crío. Tras revelarlo, la madre coloca a Cachorrillo de Todos los Santos sobre la pila. Boca abajo. Sujetándolo por la tripita. El niño hipa. Se masca la tragedia.

Plop.

Cachorrillo no mascó nada. Salió como había entrado.

Un silencio sepucral, roto por un grito ahogado de la abuela -reviviendo ese momento ocurrido en ella horas antes- envuelve la nave de la iglesia. La cara del cura fue de fervor religioso a estupor hasta llegar a mala hostia considerable en cuestión de milésimas. La madre de Cachorrillo enrojeció hasta ponerse a juego con la estola del párroco. El padre, noble miembro de la Orden del Jashondeo, se escabullía detrás de una columna para descojonarse a gusto. Mi padre realizó la misma maniobra de camuflaje, pero ocultándose detrás de la cámara. Mi madre siguió erguida y mantuvo el stiff upper lip hasta que me localizó: me estaba desmoñando de lo lindo y a todo volumen detrás de mi padre. Me cogió de la oreja y del brazo y me arrastró fuera de la iglesia dejándome con un perplejo abuelo:

- ¿Qué pasó ahí dentro?
- Que Cachorrillo ha vomitado en el agua bendita.
- Aaah... (sonrisilla disimulada debajo del bigote)

Transcurrió un buen rato. Mi abuelo intentaba esconder un tremendo ataque de risa detrás de la tos producida por el cigarrillo mientras yo buscaba la manera de quitarme toda la parafernalia que Madre Loba me había puesto en el pelo. Trenzas, horquillas, lacitos y una diadema que me estaban volviendo loca. Iba ya por la mitad de la cabeza y tenía montado el equivalente al escaparate de una tienda de chinos sobre el capó del coche, cuando la familia al completo salió de estampida. Mi madre le hacía gestos frenéticos a mi abuelo para que se metiera en el coche mientras llevaba en volandas a mi abuela. Mi padre no dejaba de grabar hacia atrás al mismo tiempo que corría. Mis tíos y el resto ya habían arrancado el coche y se alejaban haciendo chirriar las ruedas como en una persecución policial de película. Mi abuelo lo flipaba:

- ¿Qué pasa?
- ¡¡¡ARRANCA!!!
- ¿Pero por qué?
- ¡¡¡TÚ ARRANCA, COHONE!!!
- ¡Si tu marido no ha subido aún!
- ¡¡¡HABER CORRIDO MÁS, ARRANCA!!!

Niauuuuuuuu... Ni en la parrilla de salida de un GP se ha visto mejor aceleración. Siguió un incómodo silencio sólo roto por los vanos intentos de mi abuelo de obtener alguna información sobre lo sucedido. No fue hasta llegar al lugar de la manduca colectiva que, gracias a un lloroso y descojonado padre de Cachorrillo, nos enteramos de lo acaecido en el interior de la iglesia tras el Buchegate.

Resultó que al señor cura se le había metido entre ceja y ceja que el agua bendita, por muy sucia a causa de un vómito de leche que esté, seguía siendo agua bendita, y que allí se bautizaban los cinco críos que quedaban con esa mezcla de vómito y sagrado H2O porque lo decía él y sus santos cascabeles. Con la consecuente alegría y comprensión por parte de los padres de los prebautizados. Al parecer se cruzaron comentarios del tipo "nos vemos fuera" y "sus vais a enterá" durante el beso de paz, y mi madre decidió que la mejor defensa era salir echando virutas antes de que el cura diera por inaugurada la temporada de tiro al buchón con el "podeís ir en paz".

Dije antes que este suceso ha mantenido dividida a la familia De Arena durante años. Concretamente en dos facciones: los que se avergüenzan de lo ocurrido (todas las féminas de la familia menos yo) y los que se parten el pecho a base de carcajadas cada vez que sale el tema en una comida familiar (todos los hombres de la familia más yo). Cachorrillo, mientras tanto, se encoge de hombros y sonríe. No lo hizo por ateísmo, ganas de joder la marrana o porque se aburría. No, eso hubiera sido demasiado poco para él.

Lo hizo para ser inmortal. Poca gente que estuviera ese día en la iglesia olvidará al jodío crío que se vomitó en la pila bautismal, y contará esa historia a sus hijos cuando crezcan, y estos a sus hijos, y así hasta que la raza humana no sea más que un vago recuerdo en un recodo de la mente de alguna paloma.

Lo has logrado, enano. Eres un mito. 

Eres una superstición.

Eres leyenda.

7 comentarios:

  1. Jo-Der xDDDDDDDDD

    Apuntame un brindis por el chaval.

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  2. Espera un momento... ¿que el cura se empeñó en bautizar al resto de críos SIN CAMBIAR EL AGUA?

    Yo soy creyente (más o menos), pero vamos, hacen eso a alguien de mi familia, y el cura va derecho a Sanidad. Como mínimo. Una cosa es el espíritu y la fe, y otra el cuerpo y la salud.

    Eso sí, tu primo es un campeón.

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  3. El café que casi derramó a causa de las carcajadas al leer esto va por tu primo. Que campeón el jodio. XDDD

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  4. XDDDD yo me habría descojonado también, fijese usté; qué grande, Lobita. Tres hurras por tu primo y por el salero y la gracia con la que siempre describes todo :D

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  5. Y la historia no acaba aquí, porque la comunión del nano también tuvo su historia. Un adelanto de la trama: desaparición del cristo y acusación del cura a mi tío. Stay tuned.

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  6. Qué buen arte tienes para contar anécdotas familiares XD

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  7. El agua lo bendijo a él y él bendijo el agua, niño agradecido donde los haya, ¡qué grande!

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