jueves, 24 de septiembre de 2009

Morrria - Capítulo Tercero

Tras mucha investigación e interrogatorio a mis compañeros pude reconstruir los hechos, aunque aún albergo dudas sobre lo que exactamente ocurrió ese día. ¿Conoceremos algún día la Verdad, amigos de la Nave del…? Eh, que se me va… ¿Por dónde iba? Ah, sí.

Algo me sacó de mi ensueño.

Un grito. Un grito digno de Jamie Lee Curtis en cualquiera de sus películas. Un grito que convertía la sangre en horchata. Un shriek propio de una Banshee en celo. Algo peor que si todas nuestras madres se toparan de frente con una rata, una cucaracha, una serpiente y una cama sin hacer.

¿Lo de este? Un callo malpisado en comparación.

Una mesa voló por los aires y aterrizó sobre una alumna –llamémosle Jefa de las Pijas, o JP-, que estaba sentada justo delante de donde estaba Tadeo. Y digo bien, estaba. Se había volatilizado. Miré a Diosa, la cual tenía los ojos clavados en el techo, tal vez buscando a Tadeo que se habría quedado colgado cual murciélago. Tampoco estaba allí. Y tenía otras cosas de qué preocuparme.

Pues a mi alrededor todo el mundo se volvía loco.

Sillas cayendo. Mesas rodándose. Mochilas volando. Compañeros en situación de 1) subirse a la silla, 2) subirse a la mesa y 3) salir por la puerta. Yo, que seguía en la inopia, continuaba en mi lugar sin moverme mientras todos se alejaban de mí como las galaxias del centro del Universo. Otra amiga, llamémosle Mata Hari, realizó el camino contrario y trató de trepar sobre mí hasta subirse a mi cabeza, sólo para contemplar –para su horror- cómo el chico por el que había estado suspirando desde el primer día de clase (codename: Madelman) lloraba y gritaba subido a una mesa mientras daba saltitos de angustia. Un compañero, Iceman, se fugaba de la clase aprovechando el descuido de la profesora, la cual se había levantado y ahora estaba entre los pupitres buscando algo a empujones. Otro colega, el Gnomo, sufría un cólico a causa de la risa y era incapaz de levantarse del suelo. Tadeo reaparecía al otro lado de la clase, inconsciente en el suelo. Se había metido entre las mesas –unos 15 cm de separación- y había volado sobre las maletas en un recital digno de Gatasombra para estamparse contra la pared. Falló la puerta por un metro y medio.

¡Que panda el cúnico! Digo... ¡Que cunda el pánico!

En lenguaje fino y educado: ¿qué carajo pasaba?

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