Niños (Herodeselsabius Tecojoporcuellis).
Que quede claro: a mí me encanta los niños. Los buenecitos, graciosos, pizpiretos y manejables. Los típicos críos que si se les dice "quietecito" obedecerán. Los que saben comportarse sin perder ni pizca de dulzura/simpatía. Esos niños que sólo existen en la imaginación de las abuelas, vaya.
Pero hoy he tenido ganas de exterminar a una generación entera de la faz de la Tierra y esterilizar a sus padres para que no vuelvan a reproducirse. A base de fuego.
Explico.
Me subo a la guagua, media hora de camino por delante. En la siguiente parada se sube una abuela con dos crías de unos 6-7 años. La "señora" iba tan concentrada en hablar a gritos por el móvil sobre su destino y lo que iba a hacer allí que no notaba lo que molestaban las niñitas. Corriendo arriba y abajo del vehículo, gritando, dando patadas, empujando a los demás. Y la abuela gritando por teléfono sin notar las miradas de ODIO y MUERTE que recibía su nuca. Así hasta una parada antes de bajarme. Señor, que no me vea en otra como esta.
Mierda pa'mí.
De vuelta a casa, otra media hora de viaje. Se sube una señora con un crío de más o menos la misma edad que las niñas. Que el Monstruo del Spaguetti Volador me perdone si el crío era hiperactivo o tenía algún problema, pero qué sacrificio más adecuado se perdieron los cartaginenses... Más gritos, más empujones, más carreras. Al menos esta vez la mujer intentaba pararlo. Al final se sentó en el regazo de su madre, justo delante de mí. ¿Se tranquilizó? ¡JA! Se estuvo quieto, pero aumentaron los gritos. En medio del farfullo que era su habla se entendía que no quería volver al colegio porque le hacían trabajar mucho. Trabajar. Un puñetero crío de seis años. Habemus politicum.
Para rematar la faena, me levanto para cederle el sitio a una señora mayor y de repente siento un golpe en la pierna: el puto crío me había dado una patada.
No sé cómo me contuve. Probablemente porque en el segundo que tardé en tomar consciencia de lo ocurrido vi pasar mi futuro: manos y ropa manchadas de sangre, gritos, toma de rehenes, policía y guardia civil, los medios de comunicación, petición de un helicóptero (y pizza) para llegar a Marruecos, mi madre con un megáfono pidiéndome que me dejara de gilipolleces, entrevista en España Directo justo tras la receta diaria y, como colofón, la guagua explotando con todos dentro al grito de "¡House es grande!" (cada uno tiene su dios). Ah, y Michael Bay andaba por allí grabando con el móvil. Próximamente en sus pantallas Un Día de Furia II: Unemployed Unleashed.
De repente, en medio de la neblina de mis pensamientos, oigo gritar a la madre. Lo primero que hice fue mirarme las manos a ver si ya había dado el primer paso hacia la autoinmolación, pero no había sangre. Qué alivio y qué pena, todo al mismo tiempo. En realidad, la madre le gritaba al crío por lo que había hecho. Eso sí, de pedir perdón, leches. Al final la rabia salió por la boca al grito de "¡¡¡SI EL BURRO DA COCES ES CULPA DEL DUEÑO, SEÑORA!!!".
En fin, que tras varias tilas y ansiolíticos -y un poco de hielo en la pata derecha- el putocrío sigue vivo para joder la pavana un día más. Él seguirá vivo, pero a mí nadie me quita soñar esta noche que soy Jack Torrance y que persigo a la Infancia y a sus madres en peso con un hacha.
Que quede claro: a mí me encanta los niños. Los buenecitos, graciosos, pizpiretos y manejables. Los típicos críos que si se les dice "quietecito" obedecerán. Los que saben comportarse sin perder ni pizca de dulzura/simpatía. Esos niños que sólo existen en la imaginación de las abuelas, vaya.
Pero hoy he tenido ganas de exterminar a una generación entera de la faz de la Tierra y esterilizar a sus padres para que no vuelvan a reproducirse. A base de fuego.
Explico.
Me subo a la guagua, media hora de camino por delante. En la siguiente parada se sube una abuela con dos crías de unos 6-7 años. La "señora" iba tan concentrada en hablar a gritos por el móvil sobre su destino y lo que iba a hacer allí que no notaba lo que molestaban las niñitas. Corriendo arriba y abajo del vehículo, gritando, dando patadas, empujando a los demás. Y la abuela gritando por teléfono sin notar las miradas de ODIO y MUERTE que recibía su nuca. Así hasta una parada antes de bajarme. Señor, que no me vea en otra como esta.
Mierda pa'mí.
De vuelta a casa, otra media hora de viaje. Se sube una señora con un crío de más o menos la misma edad que las niñas. Que el Monstruo del Spaguetti Volador me perdone si el crío era hiperactivo o tenía algún problema, pero qué sacrificio más adecuado se perdieron los cartaginenses... Más gritos, más empujones, más carreras. Al menos esta vez la mujer intentaba pararlo. Al final se sentó en el regazo de su madre, justo delante de mí. ¿Se tranquilizó? ¡JA! Se estuvo quieto, pero aumentaron los gritos. En medio del farfullo que era su habla se entendía que no quería volver al colegio porque le hacían trabajar mucho. Trabajar. Un puñetero crío de seis años. Habemus politicum.
Para rematar la faena, me levanto para cederle el sitio a una señora mayor y de repente siento un golpe en la pierna: el puto crío me había dado una patada.
EL DOLOR.
No sé cómo me contuve. Probablemente porque en el segundo que tardé en tomar consciencia de lo ocurrido vi pasar mi futuro: manos y ropa manchadas de sangre, gritos, toma de rehenes, policía y guardia civil, los medios de comunicación, petición de un helicóptero (y pizza) para llegar a Marruecos, mi madre con un megáfono pidiéndome que me dejara de gilipolleces, entrevista en España Directo justo tras la receta diaria y, como colofón, la guagua explotando con todos dentro al grito de "¡House es grande!" (cada uno tiene su dios). Ah, y Michael Bay andaba por allí grabando con el móvil. Próximamente en sus pantallas Un Día de Furia II: Unemployed Unleashed.
Fue así, más o menos. Bueno, yo no estaba tan morena.
De repente, en medio de la neblina de mis pensamientos, oigo gritar a la madre. Lo primero que hice fue mirarme las manos a ver si ya había dado el primer paso hacia la autoinmolación, pero no había sangre. Qué alivio y qué pena, todo al mismo tiempo. En realidad, la madre le gritaba al crío por lo que había hecho. Eso sí, de pedir perdón, leches. Al final la rabia salió por la boca al grito de "¡¡¡SI EL BURRO DA COCES ES CULPA DEL DUEÑO, SEÑORA!!!".
En fin, que tras varias tilas y ansiolíticos -y un poco de hielo en la pata derecha- el putocrío sigue vivo para joder la pavana un día más. Él seguirá vivo, pero a mí nadie me quita soñar esta noche que soy Jack Torrance y que persigo a la Infancia y a sus madres en peso con un hacha.
Soy una persona educada y civilizada, sólo quiero hablar sobre tu querido niño. Abre, mujer...
joer, ya te digo! hay crios que te dan unas ganas de tirarlos ventanilla en marcha de la guagua que pa qué! pobrecita mía; a estos habría que castigarlos atándolos a una silla y ponerles treinta reposiciones seguidas de la Familia Brady
ResponderEliminarque paciencia hay que tener (y que demencia de vez en cuando XP)
XD Dios pobrecita mia...
ResponderEliminarJoer... cierto que los niños son niños, pero seguramente si estuvieran bien educados por sus padres no pasarian estas cosas...
A mi tambien me encantan, pero de lejos... Porque no se tratarlos... PArece que me odien o algo...
Es que eso, Noe: yo era de pronóstico. Hija única, mimada y consentida al máximo por sus padres y abuelos, pero si me pasaba de la raya la tollina en el cuello no me la quitaba nadie. Si yo le hubiera dado una patada a alguien con 6 años... vamos, no digo matarme de una paliza, pero que me hubiese arrepentido muy amargamente, seguro que sí. Ahora parece que tan solo llamarle la atención al niño es de fachas y animales, y así nos va, con pequeños tiranos dictatoriales que saben que si les miramos mal nos pueden denunciar... ¬¬
ResponderEliminar